Extraño el aburrimiento. La falta de distracciones.
El aburrimiento de los días pasados nos permitía notar lo que ahora solo se ve prestando mucha, demasiada atención.

Extraño los días sin celulares ni pantallas. Cuando la televisión era por horario, y la expectativa de ver algo se sembraba día tras día o semana tras semana.
Las estaciones del año causaban otra expectativa.
Recuerdo que el fin del verano, agosto, olía a útiles nuevos. A uniformes recién planchados y todavía algo tiesos a falta del uso.
Calcetas firmes, hasta el chamorro (ya para abril esas mismas calcetas estarían en su estado natural deslizadas hasta el tobillo).
Septiembre anunciaba el inicio del fin del año. El olor del maíz de las tostadas, el orégano del pozole. O el de la pólvora de los cuetes de festejo por las celebraciones patrias.
Me encantaba cómo los libros de texto, los de ese entonces, ilustraban las kermeses, las tradiciones patrias. Los colores, la fiesta, la lotería…
Recuerdo esos libros en los que página por página se enlistaban los trajes típicos por entidad federativa. El traje tamaulipeco. El cuento del chango que dejaba los calzones amarillos.
Cuando las operaciones matemáticas podían contabilizarse todavía con ilustraciones de juguetes típicos. Dos paletas más dos maracas, más tres cuartos de queso oaxaca.
Recuerdo las monografías. La de los dinosaurios, la de los héroes de la independencia… la de las adicciones jaja.
Octubre era un mes de transición. Calabazas con leche. El frío comenzaba a sentirse. Y cómo no. Entrar a las siete de la mañana a la escuela debería ser pecado. A esa hora nadie piensa. Nadie sabe pensar y nadie puede hacerlo.
La leche de la mañana no te entra por la garganta. Simplemente no te circula. Yo abría apetito hasta eso de las diez, ya entrada bien la mañana. Ya se antojaban a esa hora las enchiladas, un tamal de elote.
Siempre con horario de señora.
Pero regresando a la tortura de comenzar el día tan temprano, recuerdo que mi cuerpo no podía hacer otra cosa que el resistir a levantarse. Me quitaba la pijama y me ponía el uniforme estando acostada; no era sorpresa que casi siempre traía algo al revés.
Noviembre llegaba con olor a incienso, cempasúchil y pan de muerto. Una ceremonia por completo en la comunión entre vivos y muertos
Los maratones de películas de terror conectados con la solemnidad de la fecha. Los vasos con agua, las veladoras y los platos artesanías de comida falsa.
Y en un abrir y cerrar de ojos, ya es diciembre. Como mexicanos, como chilangos, el mes abría de color dorado; ese mismo dorado de las paredes de la basílica de Guadalupe.
Las gorditas de nata. Un remanente extremadamente salvable del catolicismo, si no es que el único.
Un fin de año imperdible. Con esperanzas que cierran y unas nuevas que se van abriendo. Un frío no tan frío, porque el tejocote se cocina y exuda delicia en las cocinas y en las calles junto con el piloncillo.
Calendario de clases que se extraña. Al igual que la expectativa.
Extrañando extrañar.

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