Ensayos Inseguros

sobre todo, sobre nada

Contacto

Diario de Sueños

«Hay algo radiante en usted hoy» dice mi psicoanalista, sentada en ese sillón individual posicionado a un costado del diván que nunca hemos utilizado.

Se ve, como siempre, pulcra y a la vez cercana. Me maravilla esa dualidad porque el sillón individual la enmarca como un ente aislado que, sin embargo, se vincula y te hace sentir escuchada. Es su chamba, y la sabe hacer muy bien

«Hoy viene muy risueña, no sé si se haya dado cuenta», me dice como para continuar enmarcando las frases de afirmación.

Ella mejor que nadie sabe que mi risa es un mecanismo de defensa. Freud, su hija, Lacan o quien haya sido, seguro que desarrollaron todo un trabajo al respecto. Seguramente soy como el 99% de los pacientes; nada especial. Todos reímos en la desgracia, o quizá es algo muy mexicano, muy traumáticamente nacionalista. 

El humor, la ironía, las palabras que elaboro. Un intelecto que protege cuando en la sesión lo que se busca es desarmar (o dicho de otra forma, «dejar de hacerse wey»).

¿Quién pretendería hacerse wey ante un buen psicoanalista? ¿Un psicópata quizá?

Quizá lo radiante es que hoy, después de muchos meses, me he animado a portar un vestido para salir a la calle. El verano no ha sido particularmente amigable para las piernas desnudas, y las mallas con figuritas parecen ser algo ya con vivienda en tus veintes, o quizá incluso, en tu mediana adolescencia.

Esas fundas para las piernas cómo me hacían sentir protegida con mini faldas y vestidos que parecen blusas.

Pero hoy, justo hoy, el cielo y las nubes decidieron cooperar. Raro un día de julio sin lluvia, y más extraño que la elección no se decantara por la vieja confiable de los pantalones de cajón.

La practicidad de los benditos jeans cómo hace olvidar lo necesario que es a veces volver a portar los vestidos favoritos. El subidón de feminidad, la reivindicación del calzón con flujo de aire.

Un vestido azul, vaporoso, pegado al cuerpo solo a través del viento y del movimiento natural. Los muslos destacan; desde bebé he sido de fémur largo. La mirada no invitada de otros hacia ti, pero permitida y probablemente deseada. A eso se irá a consulta para determinar.

No sabría decir cuál es la parte más atractiva de mi cuerpo actualmente. La madurez va llegando rápido, muy veloz. Ya no es el cuerpo de niña, de chamaca, de joven. Es un cuerpo todavía con juventud, pero ya algo golpeado. Diré que mi cerebro es lo más. Con todo y su distracción constante.

La bendita cadera; tiesa y ladeada a la derecha. El ayurveda o el psicoanálisis, no importa la corriente, dicen que el cuerpo grita lo que la boca calla. Estos cambios son algo que iba a pasar porque el tiempo no pasa en vano ni sin estragos.

Pero también las caderas se recubren. Los brazos adquieren masa. Es como si la biología te exigiera silenciosa empezar a adquirir responsabilidades maternales.

Nada de eso. Al menos eso lo sabes por el momento, también como resultado de la terapia en la que la psicoanalista te dice que hoy hay algo radiante en ti.

Qué bello y qué miedo escarbar tan profundo en la psique, ¿no creen?

Como submarino en mitos, aterra encontrar monstruos imposibles de domar. Desenterrar secretos como si fueran revelaciones con las cuales no sabes qué hacer después. El peligro de la superconsciencia es que puedas después manejar a los demonios a los que liberaste sin que te definan ni te superen.

En la sesión de hoy narro cómo le he estado contando algunos de mis sueños a la IA. Noto de inmediato la decepción en la mirada de mi psicoanalista. La cercanía se distancia. Así que digas muy objetiva o muy neutral no fue la reacción. 

Lo deseos son sueños que se narran, dice ella que dijo Freud. Nos acordamos de lo que no deseamos suprimir.

Qué raro no querer recordar los sueños. O nos dará miedo tener la sensación de no saber en dónde se está… la realidad, o el inconsciente. 

En fin, no sé cómo darle fin a esta entrada, así que solo lo terminaré narrando brevemente uno de mis más recientes sueños. Para cerrar con broche de oro y cale un poquito, si es que algo de impacto se puede generar.

Iba acompañada en un coche que yo no manejaba, sobre un puente sin bordes, a baja velocidad. Era de noche pero el cielo era brillante. Estaba repleto de focos que hacían de estrellas plateadas. Una noche estrellada, como la de Van Gogh. Bastante estrellada. 

A pesar de la baja velocidad, el coche no seguía el flujo del puente y terminaba brincando al precipicio. Yo sentía la caída, pero no despertaba como suele decir la teoría que sucede. Yo sabía que vendría un final, mi final, pero aún así quise tener los ojos abiertos. Ver a la cara lo inevitable sin miedo ni ansia.

Heavy, ¿no?

Ya hay que bajarle al CBD por las noches.

Deja un comentario