Ensayos Inseguros

sobre todo, sobre nada

Contacto

Gayosso en Kidzania

Son las once de la noche y es la hora perfecta de llegada a un velorio. No tan tarde ni tampoco tan temprano.

Diríase que es una hora muy idónea para la ceremonia, el recuerdo y el homenaje.

Y diríase, digo más bien yo, con mi limitada exposición a funerales varios y pensando probablemente de forma muy pendeja, que esa es la hora en la que todo se siente más solemne.

Buena vida la mía, ¿no?

Tanto extrañamiento con la muerte que me animo a escribir sobre ello como algo exótico, medio raro e intrigante. Arrogante pues, aunque no sea la intención.

Más he tenido que despedir a gente viva en vida (muy vivísima y coleando), que a la cercana y trascendida al otro plano existencial. Y pues ahí sí aplicaría evaluarle qué está peor.

Hasta eso en algo agradezco a mis papás evitar llevar a niñas chicas a esos espacios, que carajo, cómo me cuesta normalizar.

Me sigue dando un no sé qué el tomar café y comer galletas a pocos metros del cuerpo de quien acaba de fallecer. Escuchar los detalles de la muerte del muerto, tener que decir cualquier nimiedad sobre el clima…

¿Realmente los funerales son para quien muere o para quien se queda?

Si el alma del muerto o muerta circula por ahí, ¿qué pensaría?  Después de un rato, ni quién pele al muertito. 


Cuerpo Inerte

El trauma de ver por primera vez a un muerto a través del vidrio del féretro, no se compara con nada.

A veces me pregunto cómo hay gente que a lo que va es a eso. Morbo, reality check, una genuina muestra de cierre…

Para mí, la primera vez que no vi ni un ligero movimiento en el pecho de quien acababa de morir, se sintió hasta la médula. 

¿Así es como se acaba? ¿Cómo recupero tu risa, tus pensamientos, tu sabiduría? ¿Ya nunca más estarás aquí?

Aunque doloroso que te cagas, hay otra parte de mí que sí comulga con el hecho de que probablemente debería estar más normalizado ver gente muerta. No fantasma, no zombie; muerta e inerte sí. 

Eso me recuerda cómo de niña, mi hermana se metía debajo de la mesita de centro de la sala de los abuelos diciendo que era Blancanieves. A mi abuelita la paniqueó verla ahí, porque literal le recordó a una muerta en el ataúd.

Si lo pensamos, esa perra película nos enseñó por primera vez lo que era un funeral a muchos de nosotros.

Los enanitos eran la familia. El príncipe, el que reza el rosario…

«Santa María, ruega por ella. Santa Torre de Marfil, ruega por ella. Santa Torre de Pemex, ruega por ella.«

Así como jugamos a la casita, a la tiendita, al restaurante, probablemente deberíamos empezar a normalizar jugar al velorio, ¿no creen?

Un stand de Gayosso en Kidzania para irle bajando el trauma a las infancias del futuro.


Esta funeraria está tan bien equipada para el negocio de la muerte, que desde el estacionamiento ya se siente que se está entrando a un lugar de respeto y ceremonialidad absolutos. El olor intenso a incienso y a jazmín colándose por las ventanas del coche, enmarcan esta imagen y matizan la ocasión. 

Se siente la vibra del Día de Muertos. El camino hacia la comunión de vivos y recién ex vivos.

El personal del valet parking viene con disfraz de sepultura, y en las paredes que reciben a coches y peatones, resplandecen anuncios iluminados mostrando nichos y criptas de ensueño. Colchones América para la posteridad.

El estacionamiento de la Gayosso parece así un túnel lumínico en Circuito Interior, más que una entrada a un pasaje de tristeza y memoria; poco falta para que comiencen a anunciarse Yakult o Coca Cola en esas luminarias propagandescas. 

«El sabor celestial de Coca Cola no le abandonará nunca…» 

«Cuando no tengas donde caerte muerto, Yakult, me caes muy bien… «

Normal y no tanto el que ambas realidades convivan, ¿no creen?


Es curiosa la ubicación de las funerarias. Tan invisibles en la cotidiana existencia, pero también tan necesarias, tan incómodas.

Caminando a un costado del Hospital General un miércoles por la tarde, destacó a la vista el neón rojizo del «Potzolcalli» de la zona. En lo personal siempre he preferido los pozoles y el sabor de «La Casa de Toño.» De Azcapotzalco tenía que ser.

Sin embargo, en el límite entre la Roma Sur y la Doctores aún se resiste con valentía a la conquista toñesca chintolola de estas franquicias.

El cluster de la muerte. Un hospital, una funeraria, una papelería para las copias necesarias de la documentación mortuoria, un restaurante bata blanca friendly, y no solo eso… también muy alma en pena friendly.

Supongo que es mejor echar la angustia o la pena con un pozole en el estómago. Paradójicos inicios de ese platillo antropofágico, pero que ahora es la comfort food del chilango promedio.


Nadie llora en el lugar; al menos no todavía.

El velorio es un evento social más. Los dolientes andan al pendiente de que esté el café, las galletas, que la gente esté a gusto…

Qué joda es morirse para los que se quedan.

Deja un comentario