Ensayos Inseguros

sobre todo, sobre nada

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Hasta que entres

Regresé a casa en Uber. Era algo tarde, y sorpresivamente, el conductor sí se esperó a que entrara a casa para arrancar e irse.

No era la primera vez que eso pasaba. Seguro otros conductores ya lo habían hecho, y ahora que hago memoria, probablemente ha pasado más veces de las conscientes.

Recordé que recientemente también había salido de casa en Uber. Me sorprendió porque si por mí fuera, yo me llevaba el coche hasta para comprar tortillas. 

Había llovido mucho, y sorpresivamente, el conductor se subió un poco a la banqueta para que no me mojara los pies bajando a la calle.

¡La caballerosidad no ha muerto!

Fue lo que pensé.

O quizá lo que todavía no ha muerto es el preciado valor de tener lo que se dice «tantita madre.»

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La conversación anterior había sido el preámbulo a aquella acción tan noble, como quizá, tan mínima indispensable en este país de desapariciones y de inseguridad al por mayor.

Después de haber hecho el doble de tiempo de lo que en cualquier otro día hubiera sido lo esperado, de haber cruzado calles en las tinieblas, y de esquivar alguno que otro árbol caído, la dinámica del viaje permitió que ambos intercambiáramos en acompañamiento, algunas palabras de cercanía.

No me encontraba en el mejor estado. La náusea que me genera un coche con vestiduras húmedas, y ese coche parecía alberca de balneario.

¿No sienten que estar en un coche húmedo es como inhalar estrés? En fin.

Con todo y mi hipersensibilidad a la humedad, y a pesar de mis inhumanas «preferencias de viaje» que incluyen el viajar en silencio, la incomodidad de estar compartiendo algo infrecuente con silencio absoluto de por medio, nos arrojó a iniciar plática.

Yo fui quien empezó con las palabras, ya que él había comenzado con las expresiones de asombro pocos segundos antes.

Fue impactante lo rápido que escaló la conversación. Quizá él solo necesitaba platicarlo con alguien. Quizá solo necesitaba que alguien lo escuchara.

Después de decirme que no sabía quién había ganado el partido inaugural del Mundial, si México o Sudáfrica, y de que yo le hiciera la reseña cual video de Uno Noticias, me dijo muy tranquilo y campante que siete meses atrás, a él habían lo habían intentado secuestrar en el Uber.

Un pasajero se subió, hizo que se detuviera, lo amagó, y lo hizo pasarse a otro coche. Ahí, en la carretera Picacho-Ajusco. Justo en la misma carretera en la que el pasajero inmediato anterior a mí, quería pedirle que lo llevara para que de ahí, después le ayudara a sacar su coche de Six Flags. Rarísima historia, y aunque fuera cierta, sumamente desconfiable.

Me dijo que en el intento de secuestro, y en la adrenalina del momento, pensó que si de elegir cómo morir se trataba, prefería el destino del atropellado que el del jodido. 

Le dolía pensar que si ese secuestro avanzaba, muy probablemente su familia quedaría sin un quinto y por nada. Él más enterrado que nada, en la nada, y su familia sin dinero y sin seguridad sobre su paradero.

Entonces, vio que el seguro no estaba bien puesto, y decidió aplicar una Carmen Campuzano saliéndose del coche en pleno movimiento.

Como que esos secuestradores no tomaron bien sus cursos ni capacitaciones de «Secuestro para Pendejos 1.0.» Hasta para querer joder, hay que saber.

Ya casi llegábamos a mi destino, así que la conversación se acabó ahí. Siguieron algunas expresiones de lamento, asombro y agradecimiento, pero sabíamos que lo importante ya había sido dicho. 

Al detenernos en ml destino, mi casa, no hubo más detalle; sin embargo, lo que sí alcancé a decirle fue un simple: «Gracias a Dios estás aquí.»

Salió del alma y hasta a mí me descolocó. Yo ni creo en Dios, pero se veía que él sí, y eso es lo importante.

Terminó el viaje y me deseó buena noche. Antes de bajarme, me dijo: «con cuidado, pero yo me espero a que entres.» 

Un desconocido. Muy desconocido.

¿Ya vieron que no es tan difícil tener tantita?

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