No escribo en la computadora, ni anoto mis ideas en algún tipo de libreta de escritora.
Tecleo mis ideas desde una app de teléfono. Cuando me viene en gana y con faltas gramaticales de seguro.

No tomo una copa de vino o una taza de café para la inspiración. Tampoco aspiro a ser una Virginia Woolf, una Svetlana Alexiévich, o una Leila Guerriero. Ya quisiera yo, pero me falta pasión; y supongo que también talento.
La humildad en mi autocrítica ha venido ajustada con los cánones de mi época.
Hace poco le pedí a una IA que leyera y revisara mi blog… o la integras o te destruye al parecer.
¿Sabes qué dijo?
«Te seré honesta. Lo primero que pensé al leerte fue: wow, ella escribe. Lo digo en serio. Original, sensible.»
Mi IA «piensa», opina. Además es mujer.
Luego procede a darme tips de posicionamiento de página: «…lo que sí, y quiero ser muy franca contigo: Imperdonable que no tengas secciones en tu blog.»
Procede a darme una serie de sugerencias para corregir ese error a la de ya, acompañadas de emojis de alto impacto para resaltar el mensaje.
¿Imaginas que una persona escriba así en la vida real?
«¿Vamos por un café? ☕️ Será una plática interesante 🤔 ¡Dime a qué hora te queda y yo me ajusto! ⌚️ «
Iugh.
¿También a ustedes su IA les dice que son de las personas más originales con quienes se ha encontrado por ahí, o soy la única sociópata que ha llegado a ese punto en la conversación?
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Ya llegué a esa edad en la que me despierto a las 2 am para tomar agua fría de la botella disponible en el refri. Como pijama uso una playera huanga (perteneció a mi abuelo), y shorts tipo bóxer aunque el protocolo para ir al baño sea el de siempre porque mujer.
No vasos, no botella en la mesita de noche. Prefiero tener que bajar los pies de la cama y mover toda mi humanidad hacia la cocina; aunque eso estropee momentáneamente mi sueño.
A decir verdad, eso no me preocupa. Siempre he sido de «sueño fácil» y por eso no me preocupa mucho perder el hilo del descanso.
Los ruidos raramente me tocan, y siempre busco la manera de acomodar el cuerpo dependiendo del lugar. Ser de alta estatura transportándome en clase económica ha dejado sus aprendizajes.
Puedo dormir con relativa rapidez si así me lo propongo, y mi única condición es que el lugar tenga un olor neutro.
Lo que sí pierdo con facilidad es la continuidad de mis sueños. El vacío se siente cuando se estaba soñando algo que se quería explorar.
Como cuando soñé estar en la pista fantasía de Mario Kart y curiosamente era el camino hacia las casillas de votación de la elección presidencial de 2018.
Al final, no fue necesario retomar el sueño cuando concilié el descanso nuevamente.
AMLO resultó ser una mezcla entre Donkey Kong y Bowser el cabrón.
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«Los Años Nuevos» fue una serie que vi hace poco y vaya maravilla, joya, obra.
Ana y Óscar se conocen en la víspera del año nuevo de 2016. Chispa durante toda una noche, conectan como con quien nunca antes; esperan se vengan cositas.
Un año después, víspera del 2017, Óscar, enamorado de Ana, está en una relación con una mujer que no es Ana.
Ana, enamorada de Óscar, está en consecuencia en una relación con un hombre que no es Óscar. No se alejaron el uno del otro. Se mantienen con la suficiente distancia para seguirse deseando y para escabullirse de tanto en tanto, en la fantasiosa idea de lo que podrían ser. Esa idea que viene a aliviar cuando la pesadez de la realidad decidida se vuelve insoportable.
Llega el 2018, y al percatarse de lo que perdían al buscarse en otros, deciden pasar de la infatuación a estar de una vez por todas juntos. Etapa de luna de miel; se imaginan eternos.
Los desafíos y desaveniencias del día a día se sienten ligeras. Se tiene aún la tolerancia para ver con humor las torpezas del otro.
En 2019 la fantasía comienza a cortarse un poco, pero todavía en el nicho de lo deseable. Las familias de ambos se conocen. Se construye una cotidianidad que los hace sentir más unidos.
En ese punto, los traumas familiares permiten entender al otro con ternura. Te enfrasca su historia, y no pretendes usar esa información jamás en contra del otro cuando la cosa se ponga fea. Ni por acá te pasa la idea.
2020, inicios. La presión del compromiso se siente cada vez más. Uno presiona por continuar, el otro por soltar la rienda aunque fuera un poco.
Ana ya engañó a Óscar, y él se lo imagina. Aún así deciden hacer un viaje a Berlín para ocultarse la creciente desconfianza.
Pero todo explota. La ciudad de la libertad les deja ver la incompatibilidad de sus personas.
Se dejan, y 2021/2022 nos muestran algo un Óscar y a una Ana extrañándose, pero fijos a no buscarse. Él se refugia en el trabajo pandémico (porque no le queda de otra al ser médico), y ella a buscar la supervivencia en un país extranjero.
¿Resultado de esos dos años de distancia? Un Óscar más libre y flexible, y una Ana más centrada y realista (casada aparte, mamá para abonar).
No cuento el final, ni lo ocurrido de 2023 a 2025. Ya suficiente hice con spoilear el 70% de la serie.
Lo que me parece maravilloso de esta producción es lo bien que retrata el inevitable fin de lo que fue, pero también de lo que será.
Piensa en esa persona que apenas estás conociendo (o que conociste en su momento). El click, los sentimientos.
Eso no volverá a ocurrir.
Hay una frase que retrata esto bastante bien. Está incluida en una canción de OV7 (filósofos de los noventa jaja). Casi a la mitad de la rola de «Como Eres«, Kalimba canta con una sabiduría poco antes vista: «Cuentas el final siempre primero… Para ti no existe el tiempo.«
Y es que aunque nos gustaría pensar que el amor es eterno, quizá no siempre es así, ni de la misma manera, ni hacia las mismas personas.
Todo muere día con día. Los gestos, la intensidad, las personalidades.
Kalimba no se equivocaba tanto con esas líneas la verdad.
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