Tráfico pesado. Calorón al por mayor.
La ruta del Maps me dirige a la vuelta más vuelta que puede haber por la ciudad.
Un camino de usuales 30 minutos, es ahora uno de hora y diez.
Se nota que algo pasó. Algo fuerte. Algo que se olvidará pronto desafortunadamente.
Así es nuestra ciudad. Me atrevería la sociedad. Siente presto, olvida aún más rápido.

La ruta usual me lleva por lugares interesantes. O al menos, así lo fueron las primeras cinco veces que los transité.
De ese recorrido me llaman la atención los neones, la Doctores, la Arena México, y los puestos callejeros de sushi.
También se me cruza la San Rafael. Con sus negocios localísimos: tacos, misceláneas, cantinas. Todo ello remanente y resiliente ante edificios con ‘lofts’ absurdamente caros; considerando lo sísmico y antiquísimo de la zona, los precios son de risa.
En fin, la gentrificación (y no necesariamente de extranjeros; mismo nacional con la realidad bien alterada, las prioridades de vida algo desubicadas).
Después de ese tramo, llego a la avenida urbanamente conocida. Un mantra mío siempre ha sido: «Acércame a Marina, y de ahí ya me la sé.»
Qué chafa mantra diría el Siddhartha Gautama, pero sí. Apenas veo esa torre de vidrio grisáceo que supongo refleja la naturaleza petrolera de su existencia, esas vías de ferrocarril que se han visto violadas por el tránsito pesado, o esos entronques con vías primarias para la Miguel Hidalgo y el norte-poniente de la ciudad (Mariano Escobedo, Carrillo Puerto, las Bahías), y sé que de ahí, ya le sé.
El río de asfalto que divide a Tacuba de la Anáhuac, a Santa Julia de la Pensil. A la Anzures de todo lo demás.
Es esa la funcionalidad de las fronteras. Lo que segrega, lo que diferencia. Te posiciona y te chequea.
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Regreso pues a la noche actual. La ruta usual que me pone a filosofar, hoy nomás no está para transitarse.
Más temprano se supo de un gran incendio. Uno grave. De esos en los que, contra todo tu sentido de mexicaneidad, no se te ocurre ni bromear.
Maps solamente se adaptó a la catástrofe. Emitiendo en tiempo real alternativas complicadísimas y poco razonables, ante algo que estuvo mil veces más cabrón. Ante el volante, ante esta ciudad, lo sano emocional es resignarse.
La ruta nueva es desconocida. En constante recalibración. En una ciudad como la Ciudad de México, la precisión no es algo que pueda lograrse en tiempo real.
Maps opera como programa de concursos de los 2000. «Así es esto de la magia de la televisión en vivo.»
Recalibra y recalibra la ruta. Ya ni para que estresarse. Ya será lo que tenga que ser. O me bajan los espejos, o caigo en un cementerio de baches.
La Doctores se vuelve a presentar como el primer acto de esta obra. Pero en lugar de rodearla, Maps hoy decide mostrarte la verdadera «localidad». Adentro… hasta las entrañas.
Calles que se sienten vacías, pero que definitivamente no lo están. Quizás las banquetas estén deshabitadas, pero los locales de negocios escupen parcialmente a la gente hacia afuera.
Audiencia que prefiere ver desde adentro, y que con su sola mirada, posiciona una presencia preponderante en la calle.
Sin mucha conciencia, manejé y manejé entre coches que encienden intermitentes una vez que ya hicieron un cagadero.
En lugar de seguir el camino usual, ese que he estado usando las últimas cinco veces, me desvía hacia otro lado. Me pierdo de la arena, de las escuelas nocturnas, y del mercado de la Ciudadela.
Pero también gano otra cosa. De repente me percato de algo importante: que ya ando en Eje Central.
En qué momento…
Mucha gente ama las avenidas estéticas más que por populares. Reforma por Maximiliano, Insurgentes (menos Insurgentes Sur para las doñas burguesas y virales), Universidad por estandarte del sur, Revolución porque Nueva Condesa. Avenidas modernonas. Chilangas clase medieras.
¿Pero qué pasa con Eje Central? ¿Por qué me la ningunean tanto?
La gente ahí está hecha de otros componentes. Esa gente sabe cosas. Y eso, eso es lo más chingón.
Un paseo por edificios adornados con publicidad de los 90. Plazas de la Tecnología por doquier. Restaurantes chinos que acompañan la escena. Cines reconstruidos para otros propósitos fuera del cine: mitad negocio, mitad edificio tomado.
Transeúntes, motociclistas, ciclistas y carrito-vendedores. Todos por igual se rigen por la ley de la selva.
Sus cuerpos desafían las leyes de la física, y se sienten translúcidos y traspasables. Van en sentido contrario; era lógico. Aquí el alto en rojo es solo una sugerencia.
Veloces de a madres, y siempre, siempre, con una sonrisa que roza entre lo lúcido y lo drogado.
Estaciones de metro que se pierden en el caos exterior. No cachas las entradas, mucho menos los anuncios.
Avancé y llegué a la maravillosidad de Bellas Artes, al encuentro de las pulquerías. Luego Garibaldi (sobrevaloradon) y al entronque con Eulalia Guzmán. Llegaste así a Tlatelolco.
¿Dimensionamos lo histórico de este recorrido? ¿Lo infinitamente relevante de estos kilómetros en la construcción de nuestra identidad?
Tlatelolco merece todo un escrito aparte. Una ciudad en la que te pierdes. Una ciudad, dentro de la ciudad.
Nuestro Vaticano. Nuestro Mónaco.
Lo primero que me viene a la mente son el color terracota y las piedras. Aunque ya es de noche y lo que realmente se nota son luces blancas y viejas, reflejadas en una obscuridad que extrañamente cobija. Dan ganas de perderse ahí.
Un sitio perdido en el tiempo, pero que existe anacrónicamente en el nuestro.
Pareciera incluso amurallada. Esa ciudad que si volteas arriba, ofrece funcionalismo, y si volteas hacia abajo, ofrece unas cuantas hileras más de profundidad en vivienda.
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No tengo mucho tiempo para admirar lo que me encantaría. Sigo avanzando en ese Eje 2 Norte. Con sus cruces de ferrocarril (que casi ni pasa), y sus constantes túneles que evocan a una ciudad de topos.
La colorimetría cambia, y pasamos de las luces blancas y reveladoras, a las anaranjadas y enigmáticas. De esas que al enfocarlas hacia la obscuridad, revelan partículas, densidad.
¿Así se verá el espacio exterior?
Ahí transita menos gente, pero de que tiene gente, la tiene. Trabajadores que apenas saliendo de sus turnos infinitos, descansan en la banqueta. Todos hombres, todos juntos. Hacen grupo aunque no se toleren. Prefieren regresar en comunidad, aunque llegando a la misma, se desconozcan como colegas.
Nos observan a la distancia. A nosotros, los cochistas.
Simples turistas por segundos. A veces, y con suerte si hay tráfico, algunos minutos.
A nosotros nos sorprende la escena. Nos fijamos en los colores, las formas, los personajes. Pero a ellos, así como a nosotros en nuestra cotidianeidad, poco podría importarles.
¿Cambiaron el foco de aquel farol? Ni idea
¿Quitaron un grafitti de tal muro? Ah mira
Lo que tiene el turista de ventaja, es que aún se puede asombrar.

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