José y Estela comenzaron su relación el día más original del año: un 14 de febrero.
Que la fecha cayera justo en ese día fue un poco decepcionante para ella.
No solo por lo convencional de las flores a sobreprecio, los restaurantes saturados, las filas de motel excesivas, y la utilería tan cursi que pareciera que a Fantasías Miguel y Galerías el Triunfo se les encargara momentáneamente el interiorismo de la ciudad.

Aunado a lo atiborrante, gastalón y caótico de la fecha, Estela venía de pasar cuatro muy reconstructivos años en soltería. Después de ese tiempo, le pareció algo simbólico (y quizá no de muy buen agüero) el empezar una relación en un día tan, como dirían, superficial.
Cuatro años atrás, Estela le dijo que no a la posibilidad de un matrimonio cuya contraparte se acomodó bastante bien a la idea de que ella sería no solo esposa, sino también mamá, psicóloga, enfermera, contadora personal, asesora hipotecaria, y la lista podría seguir y seguir.
Para una mujer como ella (todóloga, fregona, mujer Banorte), tener ese rol le pareció de lo más gratificante en un inicio. Se sentía preparada para el reto; ahora sí que capacitada para ser una super pareja además de una super mujer.
Si algo salía bien en dicha dinámica, sería en mayor medida debido a ella y en consecuencia, Estela esperaba que sus esfuerzos tan significativos se vieran recompensados con una buena dosis de agradecimiento y reciprocidad.
Sin embargo, la fórmula de meterle mucho para recibir mucho más, no empezó a dar los resultados esperados, y a Estela le comenzó a pasar lo que a toda mujer fregona y que por decisión o circunstancias ha tenido que resolver por sí misma durante un buen rato: La carga de jalar al otro le empezó a pesar (y mucho).
Fue así que en su momento terminó esa relación como suelen acabarse casi todas aquellas en donde la balanza se iba más hacia un lado: explotando.
Cuando José le hizo la pregunta para formalizar en el ya mencionado día de San Valentín, su esperanza de encontrar un poco menos de convencionalismo romántico en la siguiente relación se perdió un poco. No es que el cuasiesposo del pasado fuera un romántico empedernido, pero el día dejó un sabor algo amargo por lo convencional, lo poco original.
Con todo y la molestia inicial (que nunca expresó abiertamente por temor a herir a José, pero yendo en contra de su naturaleza honesta y tajante, mujer asertiva y empoderada), Estela decidió que la fecha no opacaría lo que hasta entonces le habían parecido dos excelentes meses de «quedadas» con José.
Después de alguna que otra salida, Estela se había sentido bastante satisfecha con el comportamiento del José pretendiente. Era constante, mostraba interés, tenía coche, y no le cobraba las gasolinas como alguno que otro rufián con el que había salido anteriormente (consideremos que Estela no solo era independiente y autónoma, sino que lo exhalaba en cada poro de su ser; los prospectos románticos simplemente se le acomodaron convenientemente en esas circunstancias).
Con José, el poderse desprender un poco de esas cargas nimias le resultó de lo más refrescante en su momento.
Digamos que José estaba cumpliendo con el protocolo tradicional. Invitar la cena, reservar en algún lugar interesante para ambos, ser el proveedor de distracciones y diversión temporal. Sobre todo, y digámoslo sin pelos en la lengua: José era un aliviane y el escape del día a día.
Sin embargo, José también empezó a ir mostrando sus cositas.
Aunado al hecho de llevarle siete años a Estela, vivir todavía con sus papás, y tener un creciente hueco en la cabeza resultado de la pérdida de cabello que caracteriza a tantos, las creencias de ese hombre eran tan eclécticas como canción de Queen (o video de la Tigresa del Oriente para equiparar un poco más con su correspondiente nivel cultural).
Y no es que tener en la biblioteca de medios cosas que vayan de lo clásico a lo kitsch esté mal. Entre más cargado esté el costal de bagaje cultural, mucho mejor; con lo finolis y lo naco. La cosa es que José parecía creer en todo, pero con el conocimiento sobre nada.
A las pocas semanas de conocerse, José y Estela fueron a un museo de arte. Mientras Estela solo quería perderse en los cuadros y dejarse embriagar por las sensaciones que los lienzos le evocaban, José decidió que era un buen momento para revelar una de sus 15 personalidades como en «Fragmentado». Y así, eligió nada más y nada menos que la del masón.
Fue así que, mientras observaban una pintura de lo más abstracta, José mencionó casi en susurro que en aquella pintura habían por lo menos unos seis símbolos masones.
Cuando Estela le preguntó por los mismos, algo descolocada porque fue ahí que ató cabos sobre José mencionando continuamente tener muchos «hermanos», José solo le dijo: «aquí no es el lugar, luego te explico».
Discúlpame, pero perdóname pensaba Estela. Y pensar que esa respuesta sería una de las más tranquilas contrastando con las tantas otras que le sacarían de balance. Como cuando José le confesó ser también cristiano, project manager, metalero, fan de Disney, gymbro, tío soltero codiciado pero con ganas de ser papá, y repetidor de trends de Tiktok, entre otras.
Con la persona correcta, nada de eso te daría cringe. Pero Estela insistió un poco más ya que nadie viene en un paquete ya hecho, pensaba.
Quizá el error de su última relación había residido en no tener un cierto grado de conformismo. Entender que ningún hombre va a ser perfecto.
Fue así que Estela decidió seguirse «dando chance» (o más bien, seguirselo brindando a José). Se comprometió con la dinámica, y en la relación se entregó como siempre solía hacerlo: dando muchísimo y estando muchísimo más.
Pensó que si anteriormente lo había hecho con quien no daba ni el mínimo, el hacerlo ahora con quien sí daba muestras de compromiso quizá daría resultados diferentes.
Un detalle lindo de «mesesario» por aquí, una invitación a pasar un fin de semana relajado en un spa por allá. Estela siempre fue bondadosa.
Sin embargo, empezó a pasar algo contraproducente y muy contrario a lo que la dedicada Estela hubiera esperado.
A José claro que le interesaba la Estela espléndida. Le gustaba poder estar con una «igual», una mujer que también sabía compartirse para dejarse conquistar. Por ello, al reconocer que no podría competir con esas bondades, decidió hacer algo mejor en esas condiciones: aprender a «merecer»
José comenzó a creérsela. A imaginársela. A potenciársela… hasta que ya no tuvo llenadera.
Un día meses después, José y Estela ya no andaban tan bien.
Estela estaba rebasada por el trabajo. Por las responsabilidades familiares. José era el escape al que quería ir. Pero ese escape quería ser el atendido y no el que atiende.
En una nota de voz, de esas que se envían los domingos por la tarde cuando lo único que queda es deprimirse, José se la soltó a Estela limpia y directa: «entiendo que la pasas mal, pero a veces siento que solo me estás dando paliativos…».
Bien le habían dicho a Estela que no hay que echarle margaritas a los cerdos… porque se acostumbran.
Estela regresó a la calma de los cuatro años previos. Con más experiencia, más perspectiva. Con sus paliativos, y pasándola a lo grande.

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