Y de repente, me acordé mucho de ti.
Hace rato no te pensaba. La verdad, por mera decisión. Porque a veces tu recuerdo sí quería entrar por la puerta de enfrente.

¿Cómo pasamos de lo mejor a lo peor?
Borrarte selectivamente de la memoria. Vaya mecanismo de defensa. Vaya recuerdo de lo mucho que removiste.
Recuerdo que la cosa comenzó lento. Muy pero muy lento.
Julieta Venegas hubiera esperado un poco más, unos cuantos años más, y realizado ese vídeo musical mientras nos conocía y nos grababa.
Siendo testigo de algo medio asombroso. Porque sí éramos medio imposibles de juntar.
Nos conocimos en una biblioteca, ¿lo recuerdas?
Tú siempre me la mataste. Ratón de biblioteca. Un perpetuo estudiante. Sin lentes ni pretendiendo ser esnob.
Yo era ratona, pero muy contextual. Solo cuando se necesitaba sacaba la carta máxima; siempre me hartó la superética de quien es la mejor de la clase. Lo viví casi toda la vida. No era una carga que quisiera cargar nuevamente.
A ti en cambio, te valía muchísimo esa superética. Simplemente trabajaste por ser siempre el mejor. Seguiste los pasos. El número uno.
Lo que pensaran de ti, te importaba menos que nada. Solo te importaba el hecho de que a ti te fuera suficiente.
Años después supe que sí te importaba la opinión de alguien. Como a muchos hombres, siempre te pesó la de tu papá.
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De ese intercambio muy informal de teléfonos, nació todo esto. O nada de esto, si así lo quieres ver ahora.
¿Nos habríamos interesado el uno por el otro en otras circunstancias?
La cosa fue como fue. Y qué bueno que fue así. Quizá no te habría querido tanto si el fuego hubiera ardido tan fuerte desde el inicio.
Quizá en mi vida diaria, la usual, no nos habríamos ni volteado a ver.
Como desconocidos que se cruzan en la calle. Sin obligación de verse ni ánimo de conocerse.
Ahorita estamos un poco igual si lo piensas. Tú en lo tuyo, yo en lo mío.
Ni resquicio de lo que fuimos, lo que significamos, ni de lo mucho que nos quisimos.
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Pasamos de la cordialidad a la amistad en un suspiro.
¿Sería la familiaridad que construimos? Un pequeño mundo con cines pequeños, cafés post estudio. Caminatas nocturnas por la playa, cerveza fría y fish and chips.
Qué rápido nos acostumbramos el uno al otro.
Nos cautivamos con las pláticas que tuvimos. Fuimos la Sherezada del otro sin mentir ni exagerar.
«Ódiame por favor yo te lo pido… Odio quiero más que indiferencia, porque el rencor, duele menos que el olvido».
En este punto dudo que siquiera me odies. Yo no lo hago. Yo no te odio.
Pero aún así seguiste siendo importante. Lo sigues siendo. Pero ya no como antes.
Eres el recuerdo perfecto. No por bueno, sino por ejemplo. Es difícil explicarlo, pero siempre serás el ejemplo (aunque no hayas sido el mejor).
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