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Tunas Vocacionales

Llevaba la vida pensando que mi única vocación era ser mamá. A final de cuentas, era lo único que sabía hacer según mi experiencia reciente.

Dos chamacos antes de los veinte, y escolarmente, una prepa trunca con dos extraordinarios en Historia y Dibujo Técnico. No por burra, sino por faltas…

Cuando veía a mis amigas profesionistas (abogadas, mercadólogas, arquitectas… hijas únicas, niñas bien sorpresivamente), solo pensaba en lo pelón que sería estar en la universidad.

Tener que concentrarme con la culpa en la nuca exclamando «¡mamáááá!»; tener que leer libros dificilísimos pero sobre todo, caros, cuando la solución para la leche subía cada vez más de precio; tener que presentar exámenes cuando lo que realmente me interesaba era que mis dos niños salieran bien de los chequeos médicos cuando se me ponían malos.

Creo que fue después de mi segundo embarazo que terminé de perder la motivación sobre aquello llamado «aficiones personales».

Fue como olvidar voluntariamente y de jalón quién era antes de mis hijos. No de a gratis, claro, considerando el trauma que me dio después de que casi me voy a visitar al eterno debido a la mala praxis por parte de un doctor del hospital militar durante el parto. Si puede, me deja unas tijeras del pollo ahí adentro el cabezón.

Fue por ello que al escuchar la propuesta de mi esposo (primer novio de entonces y de la vida al parecer) de terminar la prepa y hacer una carrera ahora que con su chamba nueva la tendríamos «más fácil», no entré en otra cosa sino en crisis.

¿A qué hora? ¿Estudiar qué cosa? ¿Mis chamacos, de trece y diez años respectivamente para ese entonces, podrían compartir mi atención con una carrera universitaria?

No me malentiendan. Siempre fui de esas mamás que piensa que con el ejemplo se educa. Por ello, reconocía la importancia de mostrarles que su mamá no iba a dejar de lado el sueño universitario, que era una guerrera. Era importante mantenerlos enfocados y, aunque hipócritamente de mi parte, tratar de evitar que también se embarazaran a los quince.

Sin embargo, me mataba de miedo pensar que no podría lograrlo. Que por descuidar mi presencia en sus vidas, la apuesta saldría justo como quería que se evitara.

En esas estaba cuando mi mamá enfermó gravemente, de forma inesperada, y durante el peor momento posible para una hospitalización: durante el Covid.

En ese entonces ella tenía de dos: o enfermar gravemente, no alcanzar cama en un hospital, y quedar a su suerte en casa; o dos: enfermar gravemente, calificar como paciente relevante por suerte, y recibir así tanto acceso a atención hospitalaria como la posibilidad de salvar la vida.

Lamentablemente, mi mamá cayó en el primer grupo. Enfermó horriblemente, y no de Covid. Descartada por enferma, no de los pulmones, y más descartada por lo irrelevante de su caso para las cifras de salud pública.

Digamos que su «comorbilidad» no le era atractiva a los números que se venían manejando en ese entonces.

Aunque en algo debo ser muy honesta: mi mamá enfermó por algo que pudo haberse evitado cien por ciento.

Resulta que por ese entonces yo pasé de la crisis vocacional a la crisis por admitir que mis hijos ahora estarían más atados a mí que nunca por las clases en casa. Por otro lado, mi mamá acalló su ansiedad pandémica y de encierro con una tapada de intestino magistral.

Mi mamá se tapó por comer dos kilos de tunas con todo y semillas. Así, en resumen.

Mis dos hermanas, en ese entonces viviendo todavía con mi mamá, me llamaron con urgencia al verla tan mal. Al enfermar mi mamá, la siguiente figura materna en automático fui siempre yo (aunque soy la de enmedio, pero ya qué).

Mamá llevaba casi una semana sin cagar para cuando llegué a visitarla a casa. En llamadas previas ya me había advertido, con un mal humor que no me sorprendió ya que era su estado natural, sobre lo mucho que le estaba costando ir al baño. Había tomado unos senósidos, y en los supositorios ni había pensado, porque la simple idea de que le insertaran algo por donde no quería le aterraba.

Sin embargo, la cosa realmente me preocupó para cuando pude verla en persona. A diferencia de mí, mi mamá siempre ha sido una mujer flaca como ella sola. Las venas se le marcan en el cuerpo no tanto por tronada, sino por falta de masa muscular. Literal que ella toma el simisure como Popeye la espinaca.

Pues fue tal mi sorpresa de encontrar que en efecto alguien tan delgada, puede estar todavía más en los huesos (y eso que mi mamá no actuó en Wicked). Mi pobre madre era una calaquita, resultado de la tremenda tapada por semillas de tuna y la falta de apetito que conlleva un estreñimiento de esa magnitud.

Mis hermanas no sabían qué hacer. Habían comprado fibra, intentaron que mamá comiera gelatinas para que la cosa «resbalara» mejor. Nada había servido.

Por mi parte, en cuanto vi a ese huesito de mujer, decidí llevarla al hospital a pesar de que el doctor guapote y canoso de la tele (en ese entonces todavía guapote porque la historia no lo dejó muy bien parado) repetía como loro el famosísimo «quédese en casa».

Con todo y el miedo al posible contagio masivo en el hospital, me los amarré fuerte, y me llevé a la jefa al hospital. Su cara, su cuerpo, todo ella gritaba: «sáquenme la porquería».

Al llegar a La Raza, no pasó ni la hora para que nos regresaran a la casa (ni siquiera intentaron canalizarnos a otro hospital). Nos hicieron retornar con unos supositorios de la farmacia (de cuya fila puedo relatar mucho más ya que fue ahí donde más tiempo aguanté esperando), y la advertencia de que su caso no podría ser evaluado en todos los otros «hospitales Covid» de la CDMX (o sea, todos).

Al llegar a su casa, mi mamá estaba que se deshacía del dolor. No podía y no quería que nadie la viera, solamente yo.

Siempre he tenido buena mano con los enfermos. Bien me decía mi abuela desde chica, que salí rellenita y robustita porque guardaba reserva de energía para cuidar y aliviar a otros (pasada mi abuelita, la neta).

Mi exceso de grasa ayudaba a ser más resistente al peso de otros y, a que mis huesos no se le clavaran en quien necesitara apoyo en mí. Era una realidad.

De chica una de mis primas sufrió una caída de tres metros al intentar aventarse en el canal de Xochimilco desde una azotea. De no haber sido porque mi cuerpo se interpuso entre el suyo y el suelo, muy probablemente ml prima hubiera colgado los tenis.

Pues así, mi mamá no solo apoyaba sus huesos cada vez más prominentes en mi humanidad, sino también las uñas y en algún punto, hasta los dientes. El dolor en ese momento era insoportable, pero también la pena de no poder sacar lo que se tenía que  expulsar.

En el hospital, un interno fue delegado con la tarea de revisar la situación de mi madre, y a sabiendas de que esa bola de semillas bien podía extraerse digamos que «artesanalmente», prefirió atrasar lo escatológico del caso recetando más pastillas, más medicina.

Pasaban las horas, y la sola idea de ver a mi mamá sufrir más tiempo llegada la noche, fue algo insoportable de imaginar.

Entonces, fue ahí que recordé mis clases de esterilización de instrumentos del taller de podología que tomé años atrás. Yo era la chambitas de las uñas, y a veces hasta del cabello en la familia. Mis chamacos nunca han ido a una estética (para cualquier queja o aclaración).

Agarré unas pinzas que utilizaba para quitar cutícula, las limpié lo más posible en baño María y luego con alcohol, y me aventé de lleno a la labor que todo mundo quería evadir…

No relatar aquí con detalle en qué consistió mi aventura. Solo diré que nunca había conocido a mi mamá tan de cerca. Y que todas las semillas de tuna salieron tarde que temprano.

Fue ahí que lo supe.

Sería enfermera.

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