Llevas tiempo sin pensar en alguien. Ya nadie aparece como el «por fa bórreme el recuerdo de ese amargo amor, doc» mientras el médico sostiene un termómetro cerca de tu frente en plena fase diagnóstica de la consulta.
Se diría que estás en plena paz. No preocupaciones por contestaciones tardías. Sistema nervioso nivelado. No estrés innecesario, no nada.
Pero un día de esos, digamos que un miércoles cualquiera, te agarra algo así como el: «¿y qué pasaría si…?«
Te pica el mosquito de la curiosidad, y ayyyyy… ya valiste.
Bien dicen que no hay nada peor que una mente desquehacerada. Las que nos ahorraríamos si en lugar de pensar en lo que no, nos pusiéramos a aprender a programar código o a entenderle al SAT.
Pero como no es así, vas y te bajas una mugre app de citas. Caraja madre.

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No buscas nada en particular. Tampoco quieres encontrar al amor de tu vida. De hecho, le entraste por pura curiosidad y digamos que como una fuente de emoción ante una vida con varia responsabilidad, y la marcada presencia de harta mujer, harto familiar y harto gay. En resumen, andas más sola con tu soledad que nada (en lo romántico).
Para entrarle, llenas un cuestionario larguísimo. De verdad que esas preguntas te ponen a pensar en cosas que en la vida, y a cuestionar tu existencia en un nivel que ya ni el cuestionario de la visa.
«¿Cuáles son mis metas? ¿A mi futuro crush le importará que fui reportera Bizbirije por allá del 2006? ¿Será que siempre sí era importante pensar qué pasillo del super sería en la vida real?«
Ya ni el INEGI censa así.
Completas el perfil y la app te da la palmadita de la buena suerte para ahora sí encontrar el amor verdadero (o al menos, para mantenerte enganchada un buen rato a la adictiva intermitencia).
Comienzas la búsqueda y empiezan a aparecer caritas, nombres. Un reflejo ínfimo de lo que me imagino, son vidas mucho más complejas.
Entre que le vas agarrando el modo a la app, y que tienes unos dedotes que no saben seleccionar bien, el rango de edad de hombres a quienes podrías encontrar va de los 18 a los 85 años. Perturbadores resultados si puedo compartir.
Finalmente, medio le cachas a cómo dejar el rango de edad en un saludable 30-37 y esperas a ver qué pasa.
No pasa mucho para percatarte de que esto es un mercado. Como ir con la doñita que te surte y pedirle con su mano experta que te indique si los aguacates que tomaste sí están buenos para comer en la semana. Aunque bueno, ojalá hubiera una señora guía, una madre sauce así en el Bumble.
Ahí vas y contra toda tu moral y conciencia crítica marxista anti sociedad líquida (aysí), empiezas a calificar rostros, cuerpos, y por qué no decirlo: mascotas. Excelente gancho para la atención de esta dama, señores.
Ves fotos, ves poses. Todo se siente falso. Pero dentro de todo lo que ves, tratas de estar con la mente abierta, y empiezas, por qué no, a «darte chance«.
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Los matches son sospechosos por decir lo menos.
Te preguntas si es que realmente no estás tan pal perro, o si los hombres del catálogo con los que haces «match» son personas con franca compulsión dactilar.
Igual medio le desconfías al algoritmo de la app… ¿será que estoy haciendo match con puro bot?, ¿seré materia de documental de Netflix relatando la mejor extorsión del siglo?
Qué oso todo esto.
Lees a conciencia las descripciones de aquellos que te presenta el feed, y te das cuenta de por qué en la prueba ENLACE, México va cada vez de mal en peor, porque la comprensión lectora (incluyéndome, la neta) es una cosa del ayer.
Al parecer, el hombre derechoso, feministas aquí no, si esperas que pague en la primera cita fuera de aquí, te consideró en sus posibilidades de emparejamiento a pesar de los pesares, ¿tú crees?
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Pasan los rostros, y no sabes si sentirte halagada o francamente ofendida. El demográfico de hombres que te presenta la app no puede tener menos en común contigo.
La app aún así te dice: «¡amiga, manda likes!, aquí las mujeres pueden tomar la iniciativa». Casi casi que como diría nuestra presidenta con A: «no estamos para ponernos quisquillosos.»
Cedes a la sugerencia cuasi-instrucción que te manda la aplicación, y empiezas a matchear con aquellos a quienes en tu radar detectas como decentes, listillos, no tan traumaditos.
Y pues bueno, a esperar un mensaje… pero, no se ve atisbo de escritura.
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Te metes a la sección de chats para revisar si algún cristiano ya fue a hacer acto de presencia por ahí. Seco como el ahuehuete de Reforma.
Todo tranqui te dices. Al fin que para eso le entraste. Dizque «para distraerte«. Ajá, perro estrés.
Pero en fin, ya cumpliste con tu parte, te reconfortas tantito pensando que estás jugando. Apagas las notificaciones y esperas a que alguien te envíe un mensaje para que cuando en una hora revises la app, ya haya alguna noticia.
Ahora sí que a esperar una señal chiquita, ay mijita.
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Entraste de nuevo y ves que alguien te envió un «hola». Solo el simple saludo.
Lo descartas.
Alguien más te contesta la pregunta anzuelo de la app (yo me elegí la de «tres libros que te hayan marcado» como le dijeron al Peña, esperando que alguien me la captara y me dijera: «pues la Biblia tres veces, dahhh«).
Con las respuestas que recibes, te das cuenta que sí fuiste medio básica al comprarte «Hábitos Atómicos» en su momento. Al parecer el 70% de la población mundial, sin exagerar, ya se lo leyó, y además es su favorito.
Yo ni en la Kindle me he descargado bien el libro. Creo que hasta lo compré por impulso en un inicio de año cuando las esperanzas eran altas y el delulu estaba al por mayor.
En fin, también los descartas.
Los chats van del básico «Hola, ¿qué tal estuvo tu día?» hasta el «mi libro favorito es el que escribiré sobre nuestra historia de ahora en adelante, guapa«. Jajajaja, bloqueishon.
Llegan varios primeros mensajes que suenan más a monólogo que a conversación. Los signos de interrogación se perdieron totalmente en esas pláticas. Nadie se interesa por conocerte.
Y luego piensas (yo en Carrie Bradshaw jaja): «¿Será que todos los que estamos aquí realmente morimos de miedo de llegar a conocernos en serio?»
Ahora sí que solo quedan las ganas de llorar diría la Jeanette.
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Ya en serio, estas experiencias en las apps de citas merecen estudios sociológicos, antropológicos, económicos, políticos, vaya, ciencia pura ahí que ni Sagan, ni Einstein ni mi Jaime Maussan.
Aunque a final de cuentas, podría decirse que el resumen de todas esas hipótesis de investigación científica sería algo así como: «a lo que nos lleva sentirnos solos, caray…»
A pesar de todo, sí debo reconocer algo: de no haber sido por esa soledad que disfracé de curiosidad, me habría ahorrado algunas experiencias que fueron unas joyas absolutas (e igual algunas otras que la verdad sí me pude haber saltado; ahora sí que ahí sí aplicaría la de pedirle al doc que me lobotomice con el termómetro).
Ya quedará para otra ocasión narrar esas vicisitudes. Pero por el momento, mejor aprendan a tejer, pidan que les expliquen sus impuestos, coman frutas y verduras.

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