«¡Váyanse ya!» fueron de las últimas frases que le escuché decir a mi abuelito.

Estos dos balazos del habla llegaron justo cuando, como los seres aferrados, necios y apegados que somos estos portadores de los genes de Don Carlos, no dejábamos de transitar los alrededores de su cama en espera de ser alguno de nosotros quien sostuviera su mano por última vez.
Algo que sorprende es que en ese punto tan cercano a la trascendencia, todo lo que salía de la boca de mi abuelito requería oído quirúrgico y una lectura de labios fuera de este mundo.
Es por ello que al escuchar esas dos palabras, tan claramente pronunciadas y disparadas de su boca con una agudeza que ni cálculo de coreano en examen de admisión, supimos que aquello venía como un grito genuino de súplica y autoridad.
«Váyanse ya«: tan bien pronunciado. Un paradójico y fuerte debut.
Lo que esas palabras tuvieron que atravesar… cascadas espesas de flemas, dolores, preocupaciones, y posiblemente, hartazgo.
Un grito de egoísmo válido que en primera instancia pega en el ap(ego) de aquellos que lo que menos queremos es incomodar, sino duelar.
En la reflexión post-shock se arrojan ciertos destellos de aprendizaje…
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Es febrero y han pasado ya cinco meses desde que la vida para los míos, los más cercanos, ha consistido primariamente en cuidar.
Meses en los que las compras frecuentes de Amazon incluyen bolsas de colostomía, pieles para proteger la «piel«, pañales de cama, o «donas» para sentarse por horas, días, o por siempre.
Días y semanas en los que antes de pensar en una misma al despertar, el mar de responsabilidades de casa y salud de otros llega y se lanza como catapulta sobre una.
A base de tropiezos varios, nos volvimos expertos en el mercado de la enfermería confiable. Desde las experiencias más inexpertas e irresponsables, hasta el encuentro con profesionales que si en el cielo existiera un servicio de enfermería, estas mujeres de seguro estarían ahí y atenderían a los mejores de nosotros.
Nos volvimos también expertos en el trabajo after-hours y en la navegada de culpas por nos ser tan productivos como antes mientras nos latigueaba el cansancio extremo.
Fue un casi medio año en el que las luces de las ambulancias se hicieron conocidas asiduas del hogar, y las visitas de emergencia al hospital comenzaron a ser cada vez menos shockeantes.
En lo doméstico, empezamos a ver con la mayor naturalidad del mundo sostener con paciencia patos para orinar, cambiarle la ropa a quien de bebés se aseguraba de que nosotros no estuviéramos embarrados, o el aprender el sutil arte de ocultarle cosas tristes cual niños, a personitas bastante mayores.
A pesar de todo, la sensación había sido la de que el fin, aunque inminente, seguía estando aún bastante lejano.
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La hiper-responsabilidad que genera una experiencia como esta, hace creer que lo único que sigue después de cuidar consistentemente a alguien es el comenzar a cuidar a la siguiente persona en la lista.
Un ciclo sin fin en el que, como mandato moral, se asume que la humanidad de uno está destinada a la ardua labor del cuidado del otro por los siglos de los siglos amén.
Es por ello que a la ligera distancia, esa expresión de mi abuelito la interpreto ahora mucho más como un llamado a la razón que como un regaño.
Sin tener que pensarle mucho, era entendible que alguien como él, el roble de la familia, encontrara en la cercanía extrema de su gente un dolor y preocupación inmensos.
¿Cómo iba a irse con calma sintiendo las gotas de llanto de sus nietas e hijos escurriendo sobre su piel?
Por mucho que le dijeramos «vete en paz«, la vibra nomás no estaba arrojando eso. Fue un: «dejen de verme sufrir, por favor», «dejen de sufrir también por mí«.
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Es curioso cómo a veces es en esos momentos cuando una cae en cuenta sobre lo mucho que se estuvo dando. Y lo verdaderamente importante de saber hasta qué punto cuidar y cuándo parar.
Las inversiones intensísimas de tiempo, que interpretándose no tanto como cariño sino como responsabilidad moral, han devenido en una realización importante casi al final: para cuidar, hay que cuidarse. Es primario. Sin excusas.
«Váyanse ya» a cumplir sus vidas. A vivir. Déjenme y sean felices. Cuídense a ustedes. Ámenme así.
Mi abuelito sigue luchando. Pensando si irse o no, pero eso sí: dejando este plano como el roble que ha sido siempre.
Al fondo en su cuarto se escucha la versión de «My Sweet Lord«, interpretada por Billy Preston de la mejor forma posible hace ya casi dos décadas durante el concierto póstumo a George Harrison.
En mi coche la selección del día de Spotify arroja «Cómo Fue» de Benny Moré.
Recuerdo asimismo las sesiones de playback que hacía el buen Carlitos fingiendo ser Barry White y cómo me la creía todita cuando era chiquita.
Veo un frasco de Omeprazol en la cocina y recuerdo cómo hace no mucho invitaba a mi abuelito a conocer mi depa. Pasando por él para recogerlo, me pidió servirle un poco de brandy en un frasquito similar al de las cápsulas diciendo que era «para el camino«.
Recuerdos, canciones. No cabe duda que mi abuelito seguirá vivo pase lo que pase, y que yo no me le voy a ir.
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Cuando he llegado a platicar sobre el cuidado que durante estos meses he estado dando a mis abuelos junto con mi familia, he recibido comentarios del tipo «disfrútalos mucho, disfruta mucho esta etapa con ellos«. También han llegado esos otros que dicen: «qué buena nieta eres, otros ya se hubieran hecho a un lado».
No comparto mi vida y obra por búsqueda de lástima o reconocimiento. Lo hago sinceramente porque no he podido pensar en mucho más últimamente.
Mi diálogo interno ha ido del agradecimiento por haber llegado a la treintena teniendo a tamaños guías en mi camino, a la culpa por querer que estos meses terminen ya y de una vez por todas.
Debo ser honesta: la balanza entre amor y responsabilidad ha oscilado de un lado al otro. Y la ansiedad de pensar en un futuro que quizá llegué o quizá no, aparece de repente en los momentos más oscuros.
Sin embargo, es en los momentos finales cuando realmente lo aprecias. Qué triste pero qué bueno que la conciencia se limpia aunque sea algo tarde.
Cuiden a los que cuidan. Quieran y amen mucho. Como diría Bad Bunny, en esta vida uno tiene que amar lo más que pueda (o algo así va la rola).
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